
Nadie bailaría sino que se moverían lento y como robot Cada gesto debería ser directo y neutro, sin histrionismo, de lo contrario, sería estar actuando. En la tele solo habrían personajes leyendo el telepronter y noticias del horror que conlleva la guerra. Imaginen un mundo de paredes blancas y sonidos sin ritmo. Imaginen un mundo sin ficción para hacerle frente a la rutina. Imaginen teatros vacíos que no son teatros sino anfiteatros de medicina y otras ciencias exactas. Imaginen no poder reír porque no hay caricaturas ni mucho menos novelas gráficas. Que todo toca vivirlo a palo seco o a punta de sermón. Sólo imaginen.
Eso y otras mil doscientas cuarenta y cuatro razones me hacen saber que el arte, y la cultura, necesitan unos mecenas comprometidos y estables, con convicciones, y sin intereses nefastos. Que esos mecenas pueden ser, en principio, nuestros padres, o familiares, pero que también pueden ser todos los que consideran que la versión apocalíptica que planteo sería una pesadilla. Y hablo de esto porque he sentido de cerca, y de muchas personas que me rodean, con proyectos culturales increíbles, ideas sólidas y rigurosidad en su labor, el temor que implica alcanzar la sostenibilidad económica, o por el contrario, abandonar aquello que los motiva. Revistas, festivales, exposiciones, espacios independientes, obras, no pueden sostenerse bajo la misma lógica de un empleado corporativo o un negocio comercial. Alguien debe pagar por ello, sin esperar nada a cambio, y con la única intención de tener la oportunidad de verlo y presenciarlo. Nada más. Y de eso se trata. Y el día en que lo entendamos así esto tomará mucho sentido y podré decirle a mis alumnos, sin miedo, que vivir de esto sí se puede.









